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Leí con un nudo en el estómago lo que escribí hace casi dos meses sobre ella. Sabía que ésto iba a pasar y así, como yo lo dije, pasó. Deje que se fuera de mi, sin luchar ni una última vez, uno de los amores más grande que tuve en la vida. Uno, con mi edad, siempre dice: Éste fue mi primer amor, nunca te amé tanto como a vos. Pero realmente no sabemos lo que es amar hasta que te jugas cuerpo y alma por alguien, hasta que sabes lo que es llorar de felicidad por su felicidad, abrazarlx y que todo en tu cuerpo se debilite, darle la mano e inflar el pecho porque sabes que es tuyx.

Aprendí que los seres humanos amamos de sobremanera cuando el corazón se siente con confianza y seguridad, cuando el alma se siente en paz, cuando cada cosa que haces es bien recibida, con cariño y respeto. Una opinión, algo material, una caricia, la presencia. Te ilustras de la manera más pura y sincera que existe, sos feliz.

En estos veintitrés años la vida me enseñó a dar sin pedir nada a cambio, a ser persona de bien, a pedir amor cuando lo sientas necesario, a decir lo que sentís antes de que sea tarde, a no quedarte callado en los momentos que sentís que no debes hacerlo, a expresarte, vos y tus opiniones, a ser lo más transparente, sincero y leal que alguien podría conocer. El karma existe y funciona, nosotros existimos y funcionamos... Todo lo que va, vuelve. Lo bueno y lo malo. Cosechamos lo que sembramos y ojalá que siempre sea lealtad, porque no hay cosa más valiosa que esa en éste mundo. La lealtad que le das a la otra persona el primer día en que sabes que va a permanecer en tu vida y va a conocer cada secreto, cada detalle, cada pro y contra tuyo.

Me ha costado tanto aprender a tener la mente en paz, el alma tranquila, el corazón en su lugar. Respiraciones, gotas, momentos, personas, energías, mi cama y yo.

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